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Cuento clásico · 7 a 10 años · 9 min

Blancanieves

Era pleno invierno y los copos de nieve caían como plumas. Una reina cosía junto a una ventana con marco de ébano, negro como la noche. Se pinchó un dedo con la aguja y tres gotitas rojas cayeron sobre la nieve del alféizar. Le pareció tan bonito que pensó: «Ojalá tenga una hija blanca como la nieve, con los labios rojos como esas gotas y el pelo negro como el ébano de esta ventana».

Poco después tuvo una niña así, y la llamaron Blancanieves. Pero la reina murió al nacer la niña, y al cabo de un año el rey se casó con otra mujer. La nueva reina era muy hermosa, pero también muy orgullosa, y no soportaba que nadie fuera más bella que ella. Tenía un espejo mágico, y cada mañana le preguntaba:

—Espejo, espejo que cuelgas de la pared, ¿quién es la más hermosa de todo el reino?

Y el espejo, que siempre decía la verdad, contestaba:

—Tú, mi reina, eres la más hermosa.

Pero Blancanieves fue creciendo, y cada día era más bonita. Hasta que una mañana el espejo respondió:

—Tú eres hermosa, mi reina, pero Blancanieves lo es mucho más.

La reina se puso verde de envidia. Llamó a un cazador y le ordenó que se llevara a Blancanieves al bosque y no la dejara volver nunca. El cazador se la llevó, pero al verla llorar no tuvo valor para hacerle daño.

—Corre, niña —le dijo—. Corre y no vuelvas al palacio.

Blancanieves corrió entre las zarzas y los árboles hasta que se hizo de noche. Entonces vio una casita y entró. Todo en ella era pequeñito: una mesa con siete platitos, siete cucharitas, siete vasitos y, en el piso de arriba, siete camitas en fila. Blancanieves tenía tanta hambre que comió un poco de cada plato y bebió un sorbo de cada vaso. Después probó las camas hasta encontrar una de su tamaño y se quedó dormida.

La casa era de siete enanitos que trabajaban en las minas de la montaña buscando oro y minerales. Al volver, encontraron a la niña dormida y no la despertaron. A la mañana siguiente, Blancanieves les contó su historia.

—Quédate con nosotros —le dijeron—. Aquí nadie te hará daño. Pero ten mucho cuidado: la reina pronto sabrá dónde estás. No le abras la puerta a nadie.

Y así fue. El espejo le dijo a la reina que Blancanieves seguía viva, en la casa de los siete enanitos, detrás de las montañas. La reina se disfrazó de vendedora, fue hasta la casita y ofreció cintas de colores. Blancanieves la dejó pasar. La vendedora le ató al cuerpo una cinta del vestido y la apretó tanto, tanto, que la niña se quedó sin aire y cayó al suelo. Por suerte, los enanitos llegaron a tiempo, cortaron la cinta y Blancanieves volvió a respirar.

La segunda vez, la reina se disfrazó de anciana y le vendió un peine envenenado. En cuanto Blancanieves se lo puso en el pelo, cayó desmayada. Los enanitos volvieron a tiempo, le quitaron el peine y ella despertó.

La tercera vez, la reina preparó una manzana preciosa: la mitad blanca era buena, pero la mitad roja estaba envenenada. Se disfrazó de campesina y llamó a la ventana.

—No puedo abrir a nadie —dijo Blancanieves.

—No hace falta, niña. Mira: yo me como la mitad blanca y tú, la roja.

Blancanieves vio que la campesina comía sin peligro, sacó la mano por la ventana y mordió la manzana. Y cayó al suelo como dormida. Esta vez, por mucho que lo intentaron, los enanitos no consiguieron despertarla.

No quisieron enterrarla. La pusieron en una caja de cristal, en lo alto de la montaña, y se turnaban para cuidarla. Pasó mucho tiempo, y Blancanieves seguía igual, como si durmiera.

Un día pasó por allí un príncipe, la vio y les pidió a los enanitos que le dejaran llevársela a su palacio para cuidarla. Al principio dijeron que no; pero el príncipe insistió tanto y parecía tan sincero que acabaron aceptando. Sus criados levantaron la caja de cristal, y uno de ellos tropezó con una raíz. Con la sacudida, el trozo de manzana envenenada que Blancanieves tenía en la garganta salió disparado. Blancanieves abrió los ojos, se incorporó y preguntó:

—¿Dónde estoy?

El príncipe, loco de alegría, le contó todo y le pidió que se casara con él. Blancanieves aceptó. Los siete enanitos fueron los invitados de honor de la boda. Y la reina, cuando su espejo le contó que Blancanieves vivía, se puso tan furiosa que se marchó del reino, y nunca más se supo de ella.

Después de leer

  1. 1. ¿Qué le preguntaba la reina a su espejo cada mañana?

    Respuesta orientativa

    Quién era la más hermosa de todo el reino.

  2. 2. ¿En qué trabajaban los siete enanitos?

    Respuesta orientativa

    En las minas de la montaña, buscando oro y minerales.

  3. 3. ¿Por qué el cazador no cumplió la orden de la reina?

    Respuesta orientativa

    Porque al ver llorar a Blancanieves sintió compasión y no tuvo valor para hacerle daño.

  4. 4. ¿Por qué Blancanieves se fio de la campesina de la manzana, aunque le habían dicho que no abriera a nadie?

    Respuesta orientativa

    Porque no abrió la puerta y vio que la campesina comía la otra mitad de la manzana sin que le pasara nada; no sabía que solo la mitad roja estaba envenenada.

  5. 5. La reina vivía amargada porque quería ser siempre la más hermosa. ¿Qué opinas de la envidia? ¿Qué podemos hacer cuando sentimos envidia de alguien?

    Respuesta orientativa

    Respuesta abierta. Valora que reconozca la envidia como algo que hace daño a quien la siente y proponga formas de gestionarla: hablarlo, fijarse en lo propio, alegrarse por los demás.

Palabras para aprender

ébano
Madera muy dura y de color negro.
alféizar
Parte de abajo del hueco de una ventana, donde se pueden apoyar cosas.
envidia
Tristeza o rabia que se siente porque otra persona tiene algo que uno quiere.
mina
Excavación bajo tierra para sacar oro, carbón u otros minerales.
incorporarse
Levantar el cuerpo cuando se está tumbado, hasta quedar sentado.

Ideas para el aula

  • Compara este cuento con otras versiones que conozcas: ¿cómo se despierta aquí Blancanieves? ¿Qué cambia en las películas?
  • Escribe tres consejos que los enanitos podrían haberle dado a Blancanieves para no caer en las trampas de la reina.
  • Inventa lo que diría el espejo si pudiera hablar de la bondad en lugar de la belleza: ¿a quién elegiría y por qué?

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