Cuento clásico · 7 a 10 años · 9 min
Pulgarcito
Había una vez un leñador y su mujer que tenían siete hijos. El más pequeño era tan menudo al nacer que no era más grande que un dedo pulgar, y por eso lo llamaron Pulgarcito. Hablaba poco, y en casa pensaban que no se enteraba de nada. Pero era el más listo de los siete: escuchaba mucho y pensaba todavía más.
Un año la cosecha fue tan mala que en aquella tierra no había nada que comer. Una noche, cuando los niños ya estaban acostados, el leñador le dijo a su mujer, con el corazón encogido, que no soportaba ver a sus hijos pasar hambre y que al día siguiente los dejarían en el bosque, por si alguien con más suerte los encontraba. La mujer lloró mucho, pero al final dijo que sí.
Pulgarcito, escondido debajo del taburete de su padre, lo oyó todo. Al amanecer bajó al arroyo y se llenó los bolsillos de piedrecitas blancas.
Los padres llevaron a los siete hermanos a la parte más espesa del bosque y, mientras los niños recogían ramas, se alejaron sin hacer ruido. Cuando los hermanos se vieron solos, se echaron a llorar.
—Tranquilos —dijo Pulgarcito—. Yo sé volver a casa.
Por el camino había ido dejando caer las piedrecitas, una a una, y las piedras blancas los llevaron de vuelta hasta la puerta.
Aquel mismo día, el señor del pueblo les había pagado al leñador y a su mujer un dinero que les debía, y habían comprado comida. La mujer, con la mesa llena, repetía entre lágrimas: «¿Dónde estarán nuestros hijos? ¿Qué habrá sido de ellos?». Y desde la puerta, siete voces contestaron: «¡Aquí estamos!».
Pero el dinero se acabó pronto, y el hambre volvió. Los padres decidieron llevar otra vez a los niños al bosque, y esta vez cerraron la puerta con llave por la noche. Pulgarcito no pudo salir a buscar piedras. Solo tenía el trozo de pan del desayuno, así que fue desmigándolo por el camino. Pero cuando quisieron volver, los pájaros se habían comido todas las migas.
Se hizo de noche, se levantó un viento helado y empezó a llover. Pulgarcito trepó a lo alto de un árbol y, a lo lejos, vio una lucecita. Caminaron hacia ella y llegaron a una casa. Les abrió una mujer.
—¡Ay, pobres criaturas! —dijo—. Esta es la casa de un ogro que come niños.
Pero fuera había tormenta y lobos, y los niños le suplicaron que los dejara entrar. La mujer, que tenía buen corazón, los escondió debajo de la cama. Al poco rato llegó el ogro, se sentó a la mesa y olfateó el aire.
—Aquí huele a carne fresca —gruñó.
Buscó por toda la casa hasta que los encontró. Ya iba a llevárselos a la cocina cuando su mujer le dijo:
—¿A estas horas? Tienes la despensa llena de comida. Déjalos para mañana, que ahora están flacos y cansados.
El ogro gruñó, pero le hizo caso. Mandó a los niños a dormir a un cuarto del piso de arriba y se fue a la cama.
A medianoche, cuando oyó roncar al ogro, Pulgarcito despertó a sus hermanos. Bajaron las escaleras de puntillas, salieron al jardín, saltaron la tapia y corrieron toda la noche sin saber adónde iban.
Al despertar, el ogro vio que los niños se habían escapado. Furioso, se calzó sus botas de siete leguas, unas botas mágicas con las que cada paso medía siete leguas, y salió a buscarlos. Saltaba montañas y cruzaba ríos como quien salta charcos.
Los niños estaban ya muy cerca de su casa cuando vieron venir al ogro a lo lejos. Pulgarcito los escondió a todos en el hueco de una roca. Y el ogro, cansadísimo de tanto andar, fue a sentarse justo encima de esa roca. Al poco rato se quedó dormido y empezó a roncar.
—¡A casa, deprisa! —susurró Pulgarcito a sus hermanos—. Yo voy enseguida.
Los hermanos corrieron, y Pulgarcito, con muchísimo cuidado, le quitó al ogro las botas y se las puso. Las botas eran enormes, pero, como eran mágicas, se ajustaron a sus pies como si las hubieran hecho para él.
Con las botas de siete leguas, Pulgarcito se fue al palacio del rey. El rey tenía su ejército en una guerra muy lejana y estaba desesperado por recibir noticias. Pulgarcito se ofreció a llevarlas y traerlas, y lo hizo en un solo día. Desde entonces fue el mensajero del rey, que le pagaba muy bien.
Con lo que ganó, Pulgarcito volvió a su casa. Sus padres lo abrazaron llorando de alegría, y en aquella familia nunca más faltó la comida.
Después de leer
1. ¿Por qué lo llamaban Pulgarcito?
Respuesta orientativa
Porque al nacer no era más grande que un dedo pulgar.
2. ¿Qué tenían de especial las botas del ogro?
Respuesta orientativa
Eran mágicas: cada paso medía siete leguas y se ajustaban al pie de quien se las pusiera.
3. ¿Por qué la segunda vez Pulgarcito usó migas de pan en lugar de piedras?
Respuesta orientativa
Porque sus padres cerraron la puerta con llave y no pudo salir a buscar piedrecitas; solo tenía el pan del desayuno.
4. ¿Cómo ayudó la mujer del ogro a los niños?
Respuesta orientativa
Los escondió debajo de la cama y después convenció al ogro para que esperara hasta el día siguiente, lo que les dio tiempo para escapar.
5. En casa pensaban que Pulgarcito no se enteraba de nada. ¿Por qué crees que se equivocaban? ¿Conoces a alguien que hable poco pero se fije en todo?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora que note que escuchar y observar también es una forma de ser listo, y que dé ejemplos.
Palabras para aprender
- menudo
- Muy pequeño y delgado.
- taburete
- Asiento sin respaldo ni brazos.
- olfatear
- Oler con fuerza y varias veces para descubrir algo.
- legua
- Medida antigua de distancia; una legua son unos cinco kilómetros.
- mensajero
- Persona que lleva mensajes o noticias de un lugar a otro.
Ideas para el aula
- Calcula: si una legua son unos cinco kilómetros, ¿cuántos kilómetros recorría el ogro en un paso? ¿Y en diez pasos?
- Compara este cuento con Hansel y Gretel: haz una tabla con lo que se parecen y lo que es diferente.
- Escribe el primer mensaje que Pulgarcito llevó al rey con sus botas de siete leguas.