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Cuento clásico · 7 a 10 años · 9 min

La bella durmiente

Hace mucho tiempo, un rey y una reina deseaban tener un hijo, y pasaban los años sin conseguirlo. Un día, mientras la reina se refrescaba en un río, una rana saltó a la orilla y le dijo:

—Antes de que pase un año, tendrás una hija.

La rana acertó. Nació una niña tan preciosa que el rey, loco de alegría, organizó una gran fiesta. Invitó a toda su familia, a sus amigos y también a las sabias del reino, para que fueran generosas con la niña. Las sabias eran trece, pero el rey solo tenía doce platos de oro para servirles, así que invitó a doce y una se quedó sin invitación.

Al terminar el banquete, cada sabia le hizo un regalo mágico a la niña: una le regaló la bondad; otra, la belleza; otra, la alegría, y así, una tras otra. Cuando ya habían hablado once, se abrió la puerta de golpe y entró la sabia número trece, furiosa por no haber sido invitada. Sin saludar a nadie, gritó:

—¡Cuando cumpla quince años, la princesa se pinchará con un huso y caerá muerta!

Y se marchó. Todos se quedaron helados. Entonces se adelantó la duodécima sabia, que aún no había hecho su regalo. No podía deshacer el hechizo, pero sí suavizarlo:

—No morirá. Caerá en un sueño profundo que durará cien años.

El rey, para proteger a su hija, mandó quemar todos los husos del reino. La princesa creció y fue tan buena, tan bonita y tan alegre como le habían deseado las sabias.

El día en que cumplió quince años, el rey y la reina habían salido, y la princesa se quedó sola en el castillo. Se puso a recorrerlo: salas, pasillos, cuartos que nunca había visto. Al final llegó a una torre muy vieja. Subió por una escalera de caracol y encontró una puerta pequeña con una llave oxidada en la cerradura. La giró y la puerta se abrió. Dentro había una anciana hilando lino.

—Buenos días, abuelita —dijo la princesa—. ¿Qué es eso que da vueltas y salta tan alegre?

Tomó el huso para probar y, en cuanto lo tocó, se pinchó en un dedo. En ese mismo instante cayó sobre una cama que había allí, profundamente dormida.

Y con ella se durmió el castillo entero. El rey y la reina, que acababan de volver, se durmieron en el salón. Se durmieron los caballos en la cuadra, los perros en el patio, las palomas en el tejado y las moscas en la pared. Hasta el fuego de la cocina dejó de chisporrotear y se quedó quieto. El cocinero, que estaba a punto de regañar al pinche por una travesura, se quedó dormido con la boca abierta.

Alrededor del castillo empezó a crecer un zarzal de rosas silvestres lleno de espinas. Cada año era más alto y más espeso, hasta que tapó el castillo entero y ya no se veía ni la bandera de la torre.

Por todo el país se contaba la historia de la bella princesa dormida, a la que llamaban Rosa de Espino. De vez en cuando llegaba un príncipe decidido a atravesar el zarzal, pero las espinas lo atrapaban, y ninguno lo consiguió.

Pasaron muchos, muchos años. Un día llegó al país un príncipe que oyó la historia de boca de un anciano. Aunque le contaron que muchos lo habían intentado sin suerte, él dijo:

—No tengo miedo. Quiero ver a la bella Rosa de Espino.

Ese día se cumplían justo cien años. Cuando el príncipe se acercó, el zarzal se cubrió de flores enormes que se apartaron solas para dejarlo pasar y se cerraron detrás de él.

En el patio vio a los caballos y a los perros dormidos; en el tejado, a las palomas con la cabeza bajo el ala. Subió a la vieja torre, abrió la puerta pequeña y allí estaba la princesa, tan hermosa que no podía dejar de mirarla. Se inclinó y le dio un beso.

En ese momento, Rosa de Espino abrió los ojos y lo miró con una sonrisa. Bajaron juntos de la torre, y el castillo entero despertó: el rey y la reina se miraron asombrados, los caballos se sacudieron, los perros saltaron moviendo la cola, las palomas echaron a volar, las moscas siguieron paseando por la pared, el fuego volvió a chisporrotear y el cocinero terminó de regañar al pinche.

Poco después se celebró la boda del príncipe y Rosa de Espino. Y esta vez, por si acaso, el rey invitó a todas las sabias del reino.

Después de leer

  1. 1. ¿Por qué el rey no invitó a la sabia número trece?

    Respuesta orientativa

    Porque solo tenía doce platos de oro para servir a las sabias.

  2. 2. ¿Qué hizo la duodécima sabia?

    Respuesta orientativa

    Suavizó el hechizo: la princesa no moriría, sino que dormiría cien años.

  3. 3. ¿Por qué la princesa no sabía lo que era un huso?

    Respuesta orientativa

    Porque el rey había mandado quemar todos los husos del reino y nunca había visto ninguno.

  4. 4. ¿Por qué este príncipe consiguió atravesar el zarzal y los demás no?

    Respuesta orientativa

    Porque llegó justo el día en que se cumplían los cien años y el hechizo terminaba: el zarzal se abrió en flores para dejarlo pasar.

  5. 5. El rey quiso proteger a su hija quemando todos los husos, pero al final no sirvió. ¿Crees que hubiera sido mejor explicarle el peligro? ¿Por qué?

    Respuesta orientativa

    Respuesta abierta. Valora que razone que conocer los peligros ayuda a evitarlos y que esconder información no siempre protege.

Palabras para aprender

sabia
Mujer que sabe mucho; en este cuento, además, tiene poderes mágicos.
huso
Palo que se usaba para hilar, girándolo, la lana o el lino.
hilar
Retorcer las fibras de la lana o el lino hasta convertirlas en hilo.
zarzal
Lugar lleno de zarzas, unas plantas con espinas.
pinche
Ayudante de cocina que hace los trabajos más sencillos.

Ideas para el aula

  • Haz una lista de todo lo que se durmió en el castillo y dibuja la escena del despertar, cien años después.
  • Investiga qué es un huso y una rueca: busca una imagen y explica a la clase cómo se hilaba antes de que existieran las fábricas.
  • Imagina que te duermes cien años: escribe tres cosas que te sorprenderían al despertar.

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