Cuento clásico · 8 a 11 años · 9 min
El soldadito de plomo
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, porque los habían fabricado con la misma cuchara vieja. Llevaban el fusil al hombro, la mirada al frente y un uniforme rojo y azul precioso. Lo primero que oyeron en este mundo, cuando se levantó la tapa de su caja, fue un grito de alegría:
—¡Soldaditos de plomo!
Era un niño que acababa de recibirlos por su cumpleaños. Los colocó en fila sobre la mesa. Todos eran iguales, menos uno: el último, que tenía una sola pierna, porque se había acabado el plomo antes de terminarlo. Pero se sostenía sobre ella tan firme como los demás sobre dos.
En la mesa había otros juguetes. El más bonito era un castillo de papel con ventanitas y un lago de espejo con cisnes de cera. En la puerta del castillo había una bailarina, también de papel, con una falda de tul y una cinta azul sobre los hombros con una lentejuela brillante. Tenía los brazos abiertos y una pierna tan levantada que el soldadito no la veía, y pensó que, como él, solo tenía una.
«Esa sería la esposa perfecta para mí», pensó. «Pero vive en un castillo, y yo, en una caja con veinticuatro hermanos». Y se quedó mirándola toda la noche.
A medianoche, cuando todos dormían, los juguetes empezaron a jugar. Del interior de una caja de sorpresas saltó un duende negro que miró al soldadito con mala cara.
—¡Soldadito! ¡No mires lo que no es para ti!
El soldadito hizo como que no lo oía.
—¡Ya verás mañana! —dijo el duende.
A la mañana siguiente, el niño puso al soldadito en el alféizar de la ventana. No se sabe si fue el viento o el duende, pero la ventana se abrió de golpe y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso a la calle. Se quedó clavado entre dos adoquines, con la bayoneta hacia abajo. El niño bajó a buscarlo, pero no lo vio. El soldadito podría haber gritado «¡Aquí estoy!», pero no le pareció digno de un soldado de uniforme.
Empezó a llover. Cuando escampó, pasaron dos chicos.
—¡Mira, un soldado de plomo! ¡Vamos a darle un paseo en barco!
Hicieron un barquito con una hoja de periódico, pusieron dentro al soldadito y lo echaron a la cuneta, que bajaba llena de agua. El barquito daba vueltas y saltaba, pero el soldadito seguía firme, con el fusil al hombro y la mirada al frente.
De pronto, el barco se metió por debajo de unas tablas, en un túnel muy oscuro. Allí salió una rata grande que vivía en la alcantarilla.
—¡Alto! ¿Tienes pasaporte? ¡Enséñamelo!
El soldadito no contestó, y el agua arrastró el barco más deprisa. La rata corría detrás gritando «¡Que no ha pagado! ¡Que no ha enseñado el pasaporte!», pero no lo alcanzó.
Al final del túnel se veía luz, y se oía un ruido como de cascada: la cuneta desembocaba en un canal. El barquito de papel, empapado, se deshizo y se hundió, y el soldadito se fue al fondo pensando en la bailarina. En ese momento, un pez enorme se lo tragó.
¡Qué oscuro y qué estrecho era aquello! Pero el soldadito seguía tumbado, firme, con el fusil al hombro.
Al cabo de un rato, el pez dio unos saltos terribles y luego se quedó quieto. Lo habían pescado. Lo llevaron al mercado, alguien lo compró y lo llevó a su cocina. Cuando la cocinera lo abrió para prepararlo, encontró dentro al soldadito y gritó:
—¡Pero si es el soldadito de plomo del niño!
Por casualidades de la vida, había vuelto a la misma casa. Lo pusieron otra vez sobre la mesa, y allí estaban el castillo, los cisnes y la bailarina, que seguía con los brazos abiertos y sostenida sobre una sola pierna. El soldadito estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero los soldados no lloran. La miró, y ella lo miró a él, y ninguno dijo nada.
Entonces, sin motivo alguno, uno de los niños pequeños de la casa agarró al soldadito y lo tiró a la estufa. Quizá fue cosa del duende de la caja. El soldadito sintió un calor terrible, pero siguió firme, con el fusil al hombro, mirando a la bailarina. Y ella lo miraba a él.
En ese momento se abrió una puerta, una corriente de aire levantó a la bailarina como si fuera una mariposa y la llevó volando, directa a la estufa, junto al soldadito. Una llama la envolvió y desapareció.
A la mañana siguiente, cuando la criada limpió las cenizas, encontró un corazoncito de plomo. De la bailarina solo quedaba la lentejuela, negra como el carbón.
Después de leer
1. ¿Por qué el último soldadito tenía una sola pierna?
Respuesta orientativa
Porque se acabó el plomo antes de terminarlo.
2. ¿Dónde encontró la cocinera al soldadito?
Respuesta orientativa
Dentro del pez que había comprado y que iba a preparar.
3. ¿Por qué el soldadito creía que la bailarina tenía una sola pierna, como él?
Respuesta orientativa
Porque ella tenía una pierna tan levantada que, desde donde él estaba, no se veía.
4. ¿Qué significa el corazoncito de plomo que encontró la criada?
Respuesta orientativa
Que el amor del soldadito por la bailarina fue lo único que quedó de él; el cuento lo convierte en el símbolo de lo que sentía.
5. El soldadito nunca se queja ni pide ayuda. ¿Te parece una virtud o un problema? ¿Qué habrías hecho tú en su lugar?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora que reconozca su firmeza y valentía, y que también piense que a veces pedir ayuda o decir lo que sentimos es lo más valiente.
Palabras para aprender
- plomo
- Metal pesado y blando, de color gris, con el que se hacían antes muchos juguetes.
- lentejuela
- Pieza pequeña, redonda y brillante que se cose en la ropa como adorno.
- adoquín
- Piedra en forma de bloque con la que se pavimentan algunas calles.
- cuneta
- Zanja a los lados de una calle o un camino por la que corre el agua de la lluvia.
- firme
- Que no se mueve ni cambia, aunque las cosas se pongan difíciles.
Ideas para el aula
- Dibuja un mapa del viaje del soldadito: la ventana, la calle, la cuneta, el túnel, el canal, el pez, el mercado y la vuelta a casa.
- Escribe un final distinto para el cuento en el que el soldadito y la bailarina terminen juntos de otra manera.
- Hans Christian Andersen escribió muchos cuentos sobre objetos que sienten. Busca otro y compáralo con este.