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Cuento clásico · 9 a 12 años · 13 min

La reina de las nieves

Esta historia empieza con un espejo. Lo fabricó un duende malvado, y era un espejo muy especial: todo lo bueno y lo bonito que se reflejaba en él se veía feo y pequeño, y todo lo malo se veía enorme. Un día, los ayudantes del duende quisieron subirlo hasta el cielo para burlarse de los ángeles. Pero el espejo se les escurrió de las manos, cayó y se rompió en millones de trocitos, más pequeños que granos de arena, que el viento esparció por el mundo. A quien se le metía uno en el ojo, lo veía todo mal. Y a quien se le metía en el corazón, se le volvía de hielo.

En una gran ciudad vivían dos niños, Kai y Gerda, que no eran hermanos, pero se querían como si lo fueran. Sus familias vivían en dos buhardillas casi pegadas, y en el canalón que separaba las ventanas habían puesto unos cajones con tierra donde crecían rosales. En verano, los niños se sentaban entre las rosas a jugar. En invierno, cuando la nieve cubría los tejados, la abuela les contaba historias. Una era la de la Reina de las Nieves, que vuela con las tormentas y mira por las ventanas, y donde mira, el cristal se cubre de flores de hielo.

Un día de verano, mientras miraban un libro de animales, Kai dio un grito:

—¡Ay! ¡Algo me ha pinchado en el corazón! ¡Y se me ha metido algo en el ojo!

Eran dos trocitos del espejo. Desde ese momento, Kai cambió. Arrancó las rosas («¡Esta tiene un gusano! ¡Esta está torcida!»), se burlaba de la abuela imitando su forma de hablar y le decía a Gerda que sus juegos eran de niños pequeños.

Llegó el invierno. Un día que Kai estaba en la plaza con su trineo, pasó un trineo enorme, pintado de blanco, conducido por una figura envuelta en pieles blancas. Kai, por fanfarronear, ató su trineo al grande. El trineo blanco salió de la ciudad, cada vez más deprisa, entre remolinos de nieve. Cuando por fin se detuvo, la figura se puso de pie: era una dama alta y brillante, toda de nieve. Era la Reina de las Nieves.

—Estás helado —le dijo—. Ven, métete en mi abrigo de piel.

Lo besó en la frente, y Kai dejó de sentir frío. También dejó de acordarse de Gerda, de la abuela y de su casa. Y la Reina de las Nieves se lo llevó volando por encima de los bosques y los mares, hacia el norte.

En la ciudad, todos dieron a Kai por perdido. Todos menos Gerda. Cuando llegó la primavera, se puso sus zapatos rojos nuevos y salió a buscarlo.

Su viaje fue muy largo. Primero se subió a una barca que la llevó río abajo hasta el jardín de una anciana que sabía hacer encantamientos. La anciana quería tanto tener una niña a su lado que la peinó con un peine de oro y le hizo olvidar a Kai. Pero un día Gerda vio una rosa pintada en el sombrero de la anciana, se acordó de los rosales de su casa y escapó.

Después, una corneja le habló de un muchacho que se había casado con una princesa. Gerda pensó que podía ser Kai y se coló en el palacio de noche. No era él. Pero el príncipe y la princesa, conmovidos por su historia, le regalaron unas botas, un manguito para las manos y un coche de oro para que siguiera buscando.

En un bosque oscuro, unos bandidos asaltaron el coche. La hija del jefe, una niña salvaje y caprichosa, quiso quedarse con Gerda para jugar con ella. Pero esa noche, unas palomas que la niña tenía encerradas le contaron a Gerda que habían visto pasar a Kai en el trineo de la Reina de las Nieves, camino de Laponia. Y la niña bandida, que tenía mal genio pero no mal corazón, la dejó marchar a lomos de su reno.

El reno galopó días y días hacia el norte, bajo las auroras boreales. En Laponia, una mujer anciana escribió un mensaje en un bacalao seco, porque no tenía papel, y los mandó a casa de otra mujer sabia que vivía aún más al norte. El reno le pidió a esta mujer que le diera a Gerda la fuerza de doce hombres para vencer a la Reina de las Nieves. Pero la mujer sabia contestó:

—No puedo darle más poder del que ya tiene. ¿No ves cómo la ayudan las personas y los animales? Su fuerza está en su corazón, en que es una niña buena y valiente. Si ella sola no consigue llegar hasta Kai, nadie podrá ayudarla.

El reno dejó a Gerda junto a un arbusto de bayas rojas, al borde del palacio de la Reina de las Nieves, y Gerda siguió a pie, sin botas ni guantes, entre los copos que se lanzaban contra ella.

El palacio tenía paredes de nieve y ventanas de viento. Sus salones eran inmensos, vacíos, iluminados por la aurora boreal. En el centro había un lago helado, roto en mil pedazos iguales. Allí estaba Kai, azul de frío, aunque él no lo notaba, porque tenía el corazón casi convertido en hielo. Movía trozos de hielo planos y afilados, intentando formar una palabra. La Reina de las Nieves le había dicho: «Si consigues escribir la palabra Eternidad, serás dueño de ti mismo y te regalaré el mundo entero y unos patines nuevos». Pero no lo conseguía.

Gerda corrió hacia él y lo abrazó.

—¡Kai! ¡Mi querido Kai! ¡Por fin te encuentro!

Kai no se movió. Seguía quieto y frío. Entonces Gerda se echó a llorar, y sus lágrimas calientes le cayeron en el pecho, le llegaron al corazón y derritieron el hielo y el trocito de espejo. Kai la miró, y él también se echó a llorar, y lloró tanto que el trocito de espejo del ojo salió con las lágrimas.

—¡Gerda! —gritó—. ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¿Y dónde estoy yo?

Los dos estaban tan felices que hasta los trozos de hielo se pusieron a bailar a su alrededor y, cuando se cansaron, se colocaron solos formando la palabra Eternidad.

Kai y Gerda emprendieron el camino de vuelta. Por donde pasaban, la primavera iba llegando: el reno los esperaba junto al arbusto de bayas, la niña bandida les salió al encuentro a caballo y los árboles se llenaban de hojas. Cuando por fin llegaron a su ciudad y subieron a la buhardilla de la abuela, se dieron cuenta de que se habían hecho mayores. Pero se sentaron entre los rosales, que estaban en flor, como cuando eran pequeños. Y era verano. Un verano cálido y maravilloso.

Después de leer

  1. 1. ¿Qué les pasaba a las personas a las que se les metía un trocito del espejo en el ojo o en el corazón?

    Respuesta orientativa

    Si se les metía en el ojo, lo veían todo feo y malo; si se les metía en el corazón, se les volvía de hielo.

  2. 2. ¿Qué palabra intentaba formar Kai con los trozos de hielo?

    Respuesta orientativa

    La palabra Eternidad.

  3. 3. ¿Por qué Kai cambió tanto con Gerda y con la abuela?

    Respuesta orientativa

    Porque tenía un trocito del espejo en el ojo y otro en el corazón: veía mal todo lo bueno y su corazón se estaba helando.

  4. 4. ¿Qué quiere decir la mujer sabia cuando afirma que la fuerza de Gerda está en su corazón?

    Respuesta orientativa

    Que Gerda no necesita magia: su cariño, su bondad y su valentía hacen que todos la ayuden y son lo que puede salvar a Kai.

  5. 5. Gerda no se rinde aunque todos dan a Kai por perdido. ¿Has seguido intentando algo cuando los demás ya no creían en ello? ¿Qué te ayudó?

    Respuesta orientativa

    Respuesta abierta. Valora un ejemplo concreto y la reflexión sobre la perseverancia y la ayuda de los demás.

Palabras para aprender

buhardilla
Habitación de la parte más alta de una casa, bajo el tejado.
canalón
Canal que recoge el agua de lluvia del tejado.
fanfarronear
Presumir de valiente o de lo que uno no es.
manguito
Rollo de piel abierto por los dos lados para meter las manos y calentarlas.
aurora boreal
Luces de colores que se ven por la noche en el cielo de las zonas cercanas al Polo Norte.
eternidad
Tiempo que no tiene principio ni fin.

Ideas para el aula

  • Señala en un mapa de Europa el viaje de Gerda hacia el norte, hasta Laponia, y averigua qué países ocupa hoy esa región.
  • Andersen dividió este cuento en siete historias. Divide tú esta versión en siete partes y ponle un título a cada una.
  • Escribe qué verías si se te metiera en el ojo un trocito de un espejo contrario: uno que hiciera ver lo bueno de todas las cosas.

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