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Cuento clásico · 8 a 11 años · 9 min

El traje nuevo del emperador

Hace muchos años vivía un emperador al que le gustaban tanto los trajes nuevos que se gastaba en ellos todo su dinero. No le interesaban sus soldados, ni el teatro, ni pasear por el bosque, salvo para lucir su ropa. Tenía un traje distinto para cada hora del día. Y si de otro rey se decía «está reunido con sus ministros», de él se decía siempre: «Está en el vestidor».

Un día llegaron a la ciudad dos tramposos que se hacían pasar por tejedores. Dijeron que sabían tejer la tela más bonita del mundo, con unos colores y unos dibujos maravillosos. Y que, además, tenía una propiedad asombrosa: era invisible para cualquier persona que no sirviera para su cargo o que fuera muy tonta.

«¡Qué tela tan útil!», pensó el emperador. «Si me hago un traje con ella, sabré quién no sirve para su puesto en mi reino y podré distinguir a los listos de los tontos». Y les pagó a los tejedores una bolsa llena de monedas de oro para que empezaran a trabajar.

Los tramposos montaron dos telares y se pusieron a hacer como que tejían, aunque no había ni un hilo en ellos. Pedían la seda más fina y el hilo de oro más caro, se lo guardaban en sus bolsas y seguían moviendo las manos en el aire hasta altas horas de la noche.

Al cabo de unos días, el emperador quiso saber cómo iba la tela. Pero se acordó de que los tontos no podían verla, y aunque estaba seguro de no serlo, prefirió mandar primero a su viejo ministro, que era muy sensato.

El ministro entró en la sala donde trabajaban los tejedores y abrió los ojos todo lo que pudo. «¡Dios mío!», pensó. «¡No veo nada!». Pero no lo dijo.

—Acérquese, acérquese —le dijeron los tramposos—. ¿Verdad que estos colores son preciosos? ¿Y este dibujo?

El pobre ministro miraba y miraba, y no veía nada, porque no había nada que ver. «¿Seré tonto?», pensó. «¿No serviré para mi cargo? Que no se entere nadie».

—¡Es una tela magnífica! —dijo en voz alta—. Le diré al emperador que me ha encantado.

Después el emperador mandó a otro consejero, y le pasó lo mismo: no vio nada, pero alabó la tela con muchas palabras. Pronto toda la ciudad hablaba de la tela extraordinaria.

Por fin, el emperador fue a verla en persona, con sus consejeros. «¿Cómo es posible?», pensó al ver los telares vacíos. «¡Yo no veo nada! ¿Seré tonto? ¿No serviré para emperador? ¡Sería lo peor que podría pasarme!».

—¡Es preciosa! —dijo—. Tiene toda mi aprobación.

Y todos sus acompañantes, que tampoco veían nada, repitieron: «¡Preciosa! ¡Preciosa!». Le aconsejaron que se pusiera el traje nuevo en el gran desfile que se iba a celebrar por las calles de la ciudad.

La noche antes del desfile, los tramposos encendieron muchas velas para que todos vieran lo que trabajaban. Hicieron como que sacaban la tela del telar, cortaron el aire con unas tijeras enormes, cosieron con agujas sin hilo y, al final, anunciaron:

—¡El traje está terminado!

Por la mañana, el emperador se quitó la ropa hasta quedarse en ropa interior, y los tramposos hicieron como que le ponían, pieza a pieza, el traje nuevo.

—Es tan ligero como una tela de araña —le dijeron—. Parece que no se lleva nada encima, y eso es lo mejor.

El emperador se dio la vuelta delante del espejo, admirándose.

—¡Qué bien le sienta! —decían todos—. ¡Qué colores! ¡Qué corte!

Y así salió el emperador a la calle, bajo un palio, con dos chambelanes detrás que hacían como que le sostenían la cola. La gente de la ciudad, asomada a las ventanas y apiñada a los lados de la calle, exclamaba: «¡Qué traje tan bonito! ¡Qué cola tan elegante!». Nadie quería que los demás pensaran que era tonto o que no servía para su trabajo.

Entonces, entre la multitud, se oyó la vocecita de un niño:

—¡Pero si el emperador va en ropa interior!

—¡Hay que ver lo que dice mi hijo! —exclamó su padre.

Y la gente empezó a repetírselo, primero en voz baja y luego cada vez más alto: «¡El niño dice que no lleva traje! ¡Que va en ropa interior!». Hasta que toda la ciudad gritó a la vez:

—¡No lleva traje!

Al emperador se le pusieron las orejas rojas, porque sabía que tenían razón. Pero pensó: «Ahora tengo que aguantar hasta el final del desfile». Y siguió caminando, más tieso y más orgulloso que nunca, mientras los chambelanes seguían sosteniendo una cola que no existía.

Después de leer

  1. 1. ¿Qué decían los tramposos que tenía de especial su tela?

    Respuesta orientativa

    Que era invisible para quien no servía para su cargo o era muy tonto.

  2. 2. ¿Quién se atrevió a decir que el emperador no llevaba traje?

    Respuesta orientativa

    Un niño que estaba entre la gente del desfile.

  3. 3. ¿Por qué el ministro dijo que la tela era magnífica si no veía nada?

    Respuesta orientativa

    Porque tenía miedo de que pensaran que era tonto o que no servía para su cargo.

  4. 4. ¿Por qué el emperador siguió desfilando al final, aunque sabía que la gente tenía razón?

    Respuesta orientativa

    Por orgullo y por vergüenza: no quería reconocer delante de todos que lo habían engañado.

  5. 5. ¿Alguna vez has dicho que algo te gustaba o que lo entendías solo porque los demás lo decían? ¿Por qué cuesta tanto decir la verdad cuando todos piensan lo contrario?

    Respuesta orientativa

    Respuesta abierta. Valora la sinceridad del ejemplo y que reflexione sobre la presión del grupo y el miedo a quedar mal.

Palabras para aprender

vestidor
Habitación donde se guarda la ropa y donde uno se viste.
telar
Máquina para tejer telas cruzando hilos.
cargo
Puesto o trabajo de responsabilidad que tiene una persona.
palio
Tela sujeta por varas que se lleva sobre una persona importante en un desfile.
chambelán
Persona noble que atendía al rey o al emperador en su palacio.

Ideas para el aula

  • Escribe la noticia del desfile para el periódico de la ciudad, con titular, entrada y la declaración del niño.
  • Piensa en una situación de hoy en la que alguien dice lo que todos quieren oír en lugar de la verdad, y cuéntala.
  • Representa el desfile en clase: el emperador camina con la cabeza muy alta, el pueblo alaba el traje… hasta que alguien dice la verdad.

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