Cuento clásico · 8 a 11 años · 13 min
Pinocho
Había una vez… «¡Un rey!», dirán enseguida los lectores. Pues no: había una vez un trozo de madera. Un trozo de leña cualquiera, de los que se echan a la chimenea en invierno. Pero este trozo de madera tenía algo especial: cuando un viejo carpintero quiso cortarlo con el hacha, una vocecita gritó desde dentro: «¡No me pegues tan fuerte!».
El carpintero, muerto de miedo, se lo regaló a su amigo Geppetto, un hombre pobre que quería fabricarse una marioneta que supiera bailar y dar saltos para recorrer el mundo con ella y ganarse un pedazo de pan.
Geppetto se llevó el trozo de madera a su casa, que era un cuartito con una silla, una cama vieja y una chimenea pintada en la pared, y empezó a tallar.
—Te llamaré Pinocho —dijo.
Talló el pelo, la frente y los ojos, y los ojos se movieron y lo miraron. Talló la nariz, y la nariz empezó a crecer y a crecer. Talló la boca, y la boca se echó a reír. Y en cuanto Geppetto le terminó los pies, Pinocho saltó al suelo, salió corriendo por la puerta y se escapó calle abajo.
Así empezaron las aventuras de Pinocho, que eran casi siempre desventuras, porque Pinocho tenía buen corazón, pero no le hacía caso a nadie. Ni siquiera al Grillo Parlante, un grillo muy viejo que vivía en el cuarto de Geppetto y que le advirtió:
—¡Ay de los niños que desobedecen y se escapan de casa! Nunca les irá bien en este mundo.
Pinocho le tiró lo primero que encontró, y el grillo se marchó, ofendido.
Geppetto quería que Pinocho fuera a la escuela como los demás niños, pero no tenía dinero para comprarle una cartilla. Así que una mañana de nieve vendió su única chaqueta y volvió en mangas de camisa, tiritando, con la cartilla en la mano. Pinocho, conmovido, le prometió que estudiaría mucho.
Pero de camino a la escuela oyó una música de pífanos y tambores. Era un teatro de marionetas. Pinocho vendió la cartilla por cuatro monedas, compró una entrada y entró. En cuanto las marionetas del escenario lo vieron, lo reconocieron como a un hermano, dejaron de actuar y saltaron a abrazarlo. El dueño del teatro, un hombre enorme con una barba negra que le llegaba al suelo y que se llamaba Comefuego, se puso furioso porque le habían estropeado la función; pero cuando Pinocho le habló de su pobre padre, se le ablandó el corazón, estornudó con fuerza, que era lo que le pasaba cuando se emocionaba, y le regaló cinco monedas de oro para Geppetto.
Pinocho volvía a casa feliz con sus monedas cuando se encontró con un zorro que fingía ser cojo y un gato que fingía ser ciego.
—¿Cinco monedas? —dijo el zorro—. ¡Qué pena gastarlas! Si las enterraras en el Campo de los Milagros, mañana tendrías un árbol cargado de monedas de oro.
Pinocho se quedó pensándolo. Mientras tanto se le hizo de noche, se perdió en un bosque oscuro y se quedó helado. Allí lo encontró el Hada de los cabellos azules, que lo llevó a su casa, lo acostó porque tenía fiebre y lo cuidó como una madre.
Cuando el hada le preguntó qué había hecho con las monedas de oro, Pinocho, que las tenía bien guardadas en el bolsillo, contestó que las había perdido. Y su nariz creció dos dedos.
—¿Y dónde las perdiste? —preguntó el hada.
—En el bosque —dijo Pinocho. Y la nariz le creció todavía más.
—Pues las buscaremos juntos, porque todo lo que se pierde en el bosque aparece.
—¡Ah, no, ahora me acuerdo! —dijo Pinocho, cada vez más nervioso—. No las perdí: me las tragué sin querer al tomarme la medicina.
Y la nariz le creció tanto que ya no cabía por la puerta.
—Las mentiras se descubren enseguida, Pinocho —le dijo el hada, riéndose—. Hay mentiras que tienen las piernas cortas y mentiras que tienen la nariz larga. Las tuyas son de las de nariz larga.
Pinocho se echó a llorar de vergüenza, y el hada llamó a unos pájaros carpinteros que, a picotazos, le dejaron la nariz como antes.
Pero en cuanto se curó, Pinocho volvió a encontrarse con el zorro y el gato, y esta vez les hizo caso. Fue con ellos hasta el Campo de los Milagros, enterró las monedas, las regó y se fue a dormir. A la mañana siguiente, en el campo no había ningún árbol. Tampoco estaban las monedas, ni el zorro, ni el gato.
Muy avergonzado, Pinocho volvió a casa del hada y le prometió portarse bien, y durante un tiempo lo cumplió. Iba a la escuela, estudiaba, y el hada le prometió que, si seguía así, pronto dejaría de ser una marioneta y se convertiría en un niño de verdad. Pero entonces apareció Mecha, un compañero de clase, el más vago de todos.
—Me voy al País de los Juguetes —le dijo—. Allí no hay escuelas ni maestros, los jueves son fiesta y la semana tiene seis jueves y un domingo. ¡Ven conmigo!
Pinocho dudó… y se fue con él. Los llevó un hombrecillo sonriente en un carro tirado por burritos. En el País de los Juguetes no hacían nada más que jugar, desde la mañana hasta la noche. Pero al cabo de cinco meses, una mañana, Pinocho se despertó con unas orejas peludas y larguísimas. Le habían salido orejas de burro. Y antes de que pudiera darse cuenta, Mecha y él se habían convertido en dos burritos. El hombrecillo que los había llevado allí los vendió en el mercado.
Pinocho trabajó en un circo hasta que se lastimó una pata. Entonces lo vendieron otra vez, y su nuevo dueño lo echó al mar. Y en el agua, como por arte de magia, volvió a ser una marioneta de madera. Se puso a nadar muy contento, cuando de pronto vio venir hacia él un tiburón gigantesco, con una boca enorme y tres filas de dientes. Pinocho nadó con todas sus fuerzas, pero el tiburón abrió la boca y se lo tragó de un sorbo.
Dentro del tiburón estaba todo oscuro. Pinocho caminó a tientas hasta que vio una lucecita a lo lejos. Era una vela encendida sobre una mesa, y junto a la mesa estaba sentado un viejecito de barba blanca. ¡Era Geppetto! Había salido en una barca a buscar a su hijo por el mar, y el tiburón se lo había tragado a él también.
Se abrazaron llorando. Esa misma noche, mientras el tiburón dormía con la boca abierta, Pinocho se cargó a Geppetto a la espalda, salieron por la boca del animal y nadaron hasta la orilla.
Desde aquel día, Pinocho fue otro. Geppetto estaba débil y enfermo, así que Pinocho se puso a trabajar: sacaba agua de un pozo para un hortelano a cambio de un vaso de leche, tejía cestos de junco y, por las noches, estudiaba a la luz de una vela. Cuando supo que el Hada de los cabellos azules estaba enferma y pobre, le mandó todo lo que había ahorrado para comprarse ropa nueva.
Esa noche soñó con el hada, que le decía: «Pinocho, has sido bueno con tu padre y conmigo. Eso merece un premio». Y cuando se despertó, se miró en el espejo y no se reconoció: ya no era una marioneta de madera. Era un niño de verdad, de pelo castaño y ojos azules, con un traje nuevo. Geppetto, sano y alegre, había vuelto a trabajar.
En un rincón, apoyada en una silla, estaba la vieja marioneta, con la cabeza ladeada y los brazos colgando.
—¡Qué gracioso era cuando era una marioneta! —dijo Pinocho—. ¡Y qué contento estoy de ser un niño de verdad!
Después de leer
1. ¿Qué vendió Geppetto para comprarle una cartilla a Pinocho?
Respuesta orientativa
Su única chaqueta, en pleno invierno.
2. ¿Dónde encontró Pinocho a Geppetto al final de sus aventuras?
Respuesta orientativa
Dentro de un tiburón gigantesco, que se los había tragado a los dos.
3. ¿Por qué le creció la nariz a Pinocho cuando habló con el hada?
Respuesta orientativa
Porque mintió: dijo que había perdido las monedas y luego que se las había tragado, cuando en realidad las tenía guardadas en el bolsillo.
4. ¿Por qué crees que Pinocho se convirtió en un niño de verdad al final, y no antes?
Respuesta orientativa
Porque al final dejó de pensar solo en sí mismo: cuidó de su padre, trabajó, estudió y ayudó al hada con sus ahorros.
5. Pinocho promete muchas veces portarse bien y no lo cumple. ¿Por qué crees que nos cuesta cumplir lo que prometemos? ¿Qué te ayuda a ti a cumplirlo?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora la reflexión sobre las tentaciones (el teatro, el País de los Juguetes) y propuestas concretas: pedir ayuda, recordar el motivo, ir paso a paso.
Palabras para aprender
- marioneta
- Muñeco que se mueve con hilos o con las manos, como un títere.
- tallar
- Dar forma a la madera cortándola y raspándola con herramientas.
- cartilla
- Libro pequeño con las letras para aprender a leer.
- pífano
- Flauta pequeña de sonido muy agudo.
- hortelano
- Persona que cultiva y cuida una huerta.
Ideas para el aula
- Dibuja la nariz de Pinocho en tres tamaños y escribe, al lado de cada una, la mentira que le dijo al hada.
- Haz una lista de las promesas de Pinocho y escribe si las cumple o no, y por qué.
- Inventa tu propio «País de los Juguetes» y escribe qué pasaría al cabo de cinco meses si nadie fuera nunca a la escuela.