Cuento · 10 a 12 años · 8 min
El año que dejé de ser el más rápido
Desde primero, en mi clase había una cosa que todo el mundo sabía: yo era el más rápido. No el más listo, ni el más alto, ni el que mejor dibujaba. El más rápido. En las carreras de la jornada deportiva ganaba yo, y Yeray, mi mejor amigo, llegaba segundo. Siempre. Era el orden natural de las cosas.
Hasta este septiembre.
En verano, Yeray se fue a casa de sus abuelos, en Canarias, y volvió con diez centímetros más de piernas. No es una forma de hablar: lo medimos en la puerta de su cocina, donde su madre marca las alturas con lápiz.
El primer día de educación física, el profesor nos hizo correr sesenta metros para calentar. Salí bien, como siempre. A mitad de carrera oí a Yeray detrás. Luego lo oí al lado. Y luego ya no lo oí, porque estaba delante.
Me ganó por un metro.
Todo el mundo aplaudió. Yeray se dio la vuelta con una sonrisa enorme, buscándome. Y yo hice algo de lo que no estoy orgulloso: me fui al vestuario sin decirle nada.
Esa semana fue rara. Cuando Yeray contaba algo, yo pensaba: «ya está presumiendo». Cuando me esperaba a la salida, me iba por otra calle. Una vez, delante de todos, dije que había tenido suerte, que yo había resbalado al salir. No había resbalado. Los dos lo sabíamos.
La envidia es una cosa muy rara. Es como tener una piedrecita dentro del zapato: puedes andar, pero no dejas de pensar en ella. Y lo peor es que no te la puedes sacar, porque no sabes exactamente dónde está.
Mi hermana Lucía, que tiene quince años y corre en el equipo de atletismo del instituto, me encontró un domingo dando vueltas a la manzana con el cronómetro de mi padre.
—¿Qué haces, Álex?
—Entrenar. Para volver a ganarle.
—Ah. —Se sentó en el bordillo—. ¿Y qué pasa si no le ganas?
No supe qué contestar. No lo había pensado.
—Yo nunca he sido la más rápida de mi equipo —dijo—. Ni una vez. Y es lo que más me gusta hacer en el mundo.
—¿Y no te da rabia?
—Al principio, sí. Luego descubrí que en los relevos soy la mejor pasando el testigo. Que no es lo mismo que correr rápido: es saber exactamente cómo corre la otra persona.
Me quedé pensando en eso toda la semana.
En noviembre anunciaron la carrera de relevos de la jornada deportiva: cuatro por cien, por clases. El profesor puso a Iratxe de primera, a Bruno de segundo, a mí de tercero y a Yeray de último. Yo tenía que pasarle el testigo a él.
Entrenamos los cuatro juntos en el recreo durante tres semanas. Y descubrí que Lucía tenía razón: pasar el testigo es un arte. Tienes que saber cuándo arranca el otro, por qué lado, a qué altura pone la mano. Y yo sabía todo eso de Yeray mejor que nadie, porque llevaba seis años corriendo a su lado.
El día de la carrera, cuando llegué a la zona de relevo, Yeray ya estaba arrancando, sin mirar atrás, con la mano abierta exactamente donde yo sabía que la pondría. Le pasé el testigo sin perder ni una décima. Por un segundo, mientras lo soltaba, fue como si fuéramos el mismo corredor.
Ganamos. Por poco, pero ganamos.
Yeray cruzó la meta, se dio la vuelta y me buscó con la mirada, igual que en septiembre. Esta vez fui yo el primero en llegar hasta él.
—Ha sido el relevo —dijo, sin aliento—. Ha sido tu relevo.
Sigo sin ser el más rápido de la clase. Yeray me gana casi siempre en los sesenta metros, y ya no necesito irme al vestuario.
Aunque el otro día me enteré de que, desde que volvió de Canarias, Yeray come el doble de verdura.
Yo también he empezado. Por si acaso.
Después de leer
1. ¿Qué cambió en Yeray durante el verano?
Respuesta orientativa
Creció diez centímetros y se volvió más rápido que Álex.
2. ¿Qué consejo le dio su hermana Lucía a Álex?
Respuesta orientativa
Le contó que ella nunca había sido la más rápida, pero que era la mejor pasando el testigo en los relevos, porque conocía cómo corría la otra persona.
3. ¿Qué comportamientos de Álex muestran que sentía envidia?
Respuesta orientativa
Se fue al vestuario sin felicitar a Yeray, lo evitaba a la salida, pensaba que presumía y dijo delante de todos que había ganado por suerte.
4. ¿Por qué Álex era el mejor para pasarle el testigo a Yeray?
Respuesta orientativa
Porque llevaba seis años corriendo a su lado y conocía mejor que nadie cuándo arrancaba y dónde ponía la mano.
5. Álex compara la envidia con una piedrecita en el zapato. ¿Te parece una buena comparación? ¿Con qué la compararías tú?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora que explique la comparación (molestia constante y difícil de localizar) y proponga otra con sentido.
6. ¿Qué aprende Álex sobre sí mismo y sobre la amistad? ¿Cómo lo muestra el final?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora que mencione que su valor no depende solo de ganar, que la colaboración también es un talento y que la amistad sale reforzada; el final con humor (la verdura) muestra que ya compite con deportividad.
Palabras para aprender
- relevo
- Carrera por equipos en la que cada corredor recorre un tramo y pasa un testigo al siguiente.
- testigo
- En atletismo, tubo que se pasan los corredores de un mismo equipo en una carrera de relevos.
- presumir
- Mostrar con orgullo, a veces exagerado, lo que uno tiene o sabe hacer.
- envidia
- Malestar que sentimos cuando otra persona tiene o consigue algo que nosotros queremos.
- bordillo
- Borde de piedra que separa la acera (en México, banqueta) de la calzada.
Ideas para el aula
- Organiza en educación física una carrera de relevos y practica el paso del testigo por parejas.
- Escribe qué le dirías a Yeray si fueras Álex el día que perdió la carrera de los sesenta metros.
- Haz una lista de talentos que no son «ser el mejor» en algo (ayudar, organizar, animar, escuchar…) y piensa cuáles tienes tú.