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Leyenda · 8 a 12 años · 10 min

La leyenda del cuélebre

En los pueblos de montaña de Asturias y de Cantabria, cuando bajaba de las peñas un silbido largo y agudo, las madres llamaban a gritos a los niños y atrancaban las puertas. No era el viento. Era el cuélebre.

El cuélebre —en Cantabria lo llaman culebre— es una serpiente gigantesca con alas, cubierta de escamas tan duras que ninguna flecha las atraviesa. Vive en cuevas hondas, donde guarda tesoros de oro y, a veces, a alguna xana encantada que no puede salir. Pero los viejos saben que tiene un punto débil: la noche de San Juan pierde todo su poder y se queda dormido como un tronco.

Hace mucho tiempo, uno de aquellos cuélebres se instaló en una cueva que había encima de un pueblo pequeño, junto al río. Al principio solo se oía su silbido por las noches. Luego empezaron a desaparecer las ovejas. Después, las terneras. Y por donde pasaba, su aliento dejaba la hierba amarilla y tiraba las manzanas de los árboles antes de tiempo.

Los hombres del pueblo subieron a la cueva con hondas, con arcos y con horcas. Las piedras y las flechas rebotaban en las escamas del cuélebre como el granizo en un tejado, y él ni siquiera se molestaba en abrir los ojos. Bajaron corriendo, con las horcas al hombro y el susto en el cuerpo, y esa noche, en el chigre, alguien dijo en voz alta lo que todos pensaban: que habría que marcharse del pueblo.

En la última casa del camino vivía Telva con su güela, que es como llaman a la abuela en muchos pueblos de Asturias. Telva tenía diez años, las rodillas llenas de arañazos y la manía de preguntar el porqué de todo.

—Güela, ¿los cuélebres se mueren alguna vez?

—De viejos, no —contestó la abuela, mientras barría la ceniza del llar—. Cuando un cuélebre se hace muy viejo, abre las alas y se marcha volando a la mar cuajada. Y de allí ya no vuelve.

—¿Y qué es la mar cuajada?

—Un mar muy lejano, más allá de donde llegan los barcos. Nadie que yo conozca lo ha visto.

—¿Y cómo sabe un cuélebre que ya es viejo?

La abuela se encogió de hombros. Se sacudió el delantal, se pasó la mano por la cabeza y se dejó el pelo gris de ceniza. Después se inclinó sobre la palangana para lavarse la cara, vio su reflejo en el agua y dio un respingo.

—¡Ay, madre! ¡Si parezco cien años más vieja!

Telva se quedó mirándola con la boca abierta. Acababa de tener una idea.

Al día siguiente fue de casa en casa pidiendo ceniza. Algunos vecinos se rieron de ella y otros le cerraron la puerta. Pero la güela, que conocía bien a su nieta, le contó el plan a la panadera; la panadera se lo contó al molinero, y en menos de una semana todo el pueblo guardaba la ceniza de sus fuegos en sacos, en cestos y en calderos. Faltaba un mes para San Juan.

La noche de San Juan, mientras en la plaza ardía la hoguera, los vecinos subieron en fila y en silencio hacia la cueva, cargados de sacos. Telva iba delante, con un farol. Desde la entrada ya se oía al cuélebre: roncaba como el fuelle de un herrero, y a cada ronquido salía de la cueva una bocanada de aire caliente.

Allí estaba, enroscado sobre un montón de monedas de oro, tan largo que la cola se perdía en la oscuridad. Dormía a pierna suelta. Bueno, a escama suelta.

—Ahora —susurró Telva.

Y todos se pusieron a espolvorear ceniza con cedazos, como quien echa harina sobre la masa del pan. Ceniza en la cabeza, ceniza en el lomo, ceniza en las alas plegadas y en la punta de la cola. Trabajaron toda la noche sin hacer ruido, hasta que las escamas verdes y brillantes del cuélebre quedaron grises y apagadas, como una piedra muy vieja.

Antes del amanecer bajaron al río y se escondieron entre los avellanos, junto al pozo donde el cuélebre bebía cada mañana. No tuvieron que esperar mucho. Se oyó un bostezo que hizo temblar las ramas, y el cuélebre salió de la cueva, bajó arrastrándose hasta la orilla y se asomó al agua quieta del pozo.

Se quedó inmóvil. Miró su cabeza gris. Miró sus alas grises. Giró el cuello para verse la cola, gris también. Y soltó un suspiro tan largo y tan triste que a más de un vecino le dio pena.

Luego desplegó las alas despacio, como quien se levanta con dolor de huesos, y echó a volar hacia el norte, hacia el mar. Detrás de él quedó en el cielo una estela de ceniza, como el humo de una chimenea, que tardó mucho en deshacerse.

No volvió nunca. Esa misma mañana la hierba empezó a ponerse verde otra vez, y dicen que de la cueva vacía salió una canción que nadie había oído en muchos años. Pero esa es otra historia.

Desde entonces, la güela de Telva no volvió a barrer el llar sin taparse el pelo con un pañuelo.

—Por si acaso —decía—. No vaya a ser que me vea en la palangana y me entren ganas de irme a la mar cuajada.

Después de leer

  1. 1. ¿Qué le pasa al cuélebre la noche de San Juan, según los viejos?

    Respuesta orientativa

    Pierde todo su poder y se queda profundamente dormido, «como un tronco».

  2. 2. ¿Qué guardaron los vecinos en sacos, cestos y calderos durante un mes?

    Respuesta orientativa

    La ceniza de los fuegos de sus casas, la que se barría del llar.

  3. 3. ¿Qué tiene que ver lo que le pasó a la güela con la palangana con el plan de Telva?

    Respuesta orientativa

    Al ver que la ceniza en el pelo hacía parecer mucho más vieja a su abuela, Telva pensó que al cuélebre le pasaría lo mismo: si se veía gris, creería que se había hecho viejo y se marcharía a la mar cuajada.

  4. 4. ¿Por qué crees que el cuélebre soltó un suspiro tan triste al mirarse en el pozo?

    Respuesta orientativa

    Porque se vio gris y creyó que era viejo. Eso significaba que tenía que irse para siempre a la mar cuajada y dejar su cueva y su tesoro.

  5. 5. El pueblo engañó al cuélebre, pero no le hizo ningún daño. ¿Te parece una buena solución? ¿Se te ocurre otra?

    Respuesta orientativa

    Respuesta abierta. Valora que razone si está bien engañar a quien hace daño y que proponga soluciones sin violencia.

Palabras para aprender

atrancar
Cerrar bien una puerta por dentro, con una tranca o un cerrojo.
chigre
En Asturias, bar o taberna donde se sirve sidra.
llar
Fogón bajo de las cocinas antiguas, donde se hacía fuego para cocinar y calentar la casa.
cedazo
Aro con una tela o una red muy fina que sirve para separar la harina fina de la gruesa.
pozo
En un río, sitio donde el agua es más honda y está más quieta.
estela
Rastro que deja algo al moverse por el aire o por el agua.

Ideas para el aula

  • Dibuja un cómic de cuatro viñetas con el plan de Telva: la idea de la palangana, la ceniza, la noche de San Juan y el vuelo del cuélebre.
  • Nadie sabe cómo es la mar cuajada. Imagínala y escribe una descripción: qué se ve, qué se oye y qué encuentra allí el cuélebre.
  • Compara esta leyenda con la de la xana de la fuente: ¿qué seres, lugares y fechas de la mitología asturiana se repiten?

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