Mito · 9 a 12 años · 11 min
Perseo y Medusa
Un arca de madera flotaba a la deriva en mitad del mar. Dentro iban una mujer, Dánae, y su hijo pequeño, Perseo, que era hijo de Zeus. Los había encerrado allí el padre de Dánae, el rey Acrisio de Argos, porque un oráculo le había anunciado que aquel nieto le traería la desgracia. No se atrevió a hacerles daño con sus propias manos, así que los dejó en manos del mar.
Pero el mar fue amable con ellos. Las olas empujaron el arca hasta la isla de Sérifos, donde un pescador llamado Dictis la sacó del agua. Dictis era un hombre bueno: les dio casa y comida, y allí creció Perseo, fuerte y valiente.
El hermano de Dictis, Polidectes, era el rey de la isla y quería casarse con Dánae. Ella no quería, y Perseo, ya mayor, la protegía. Así que Polidectes buscó la manera de librarse del muchacho. Organizó un banquete y pidió a cada invitado un regalo. Todos le ofrecieron caballos. Perseo, que era pobre, pero orgulloso, dijo:
—Yo no tengo caballos. Pero, si hace falta, te traigo la cabeza de Medusa.
—Trato hecho —respondió el rey, sonriendo. Estaba seguro de que Perseo no volvería jamás.
Medusa era una de las tres Gorgonas, que vivían en el extremo del mundo, junto al océano. Tenían alas de oro y serpientes en lugar de pelo, y quien miraba a Medusa a la cara se convertía en piedra. Sus dos hermanas eran inmortales; ella, no.
Por suerte, Perseo no estaba solo. Hermes, el mensajero de los dioses, y Atenea, la diosa de la sabiduría, decidieron ayudarlo. Hermes le regaló una hoz de metal durísimo y le explicó el camino: primero tendría que encontrar a las Grayas.
Las Grayas eran hermanas de las Gorgonas y habían nacido ya viejas, con el pelo blanco. Entre todas solo tenían un ojo y un diente, y se los iban pasando de una a otra. Perseo se acercó sin hacer ruido y esperó. Cuando una de ellas se quitó el ojo para dárselo a su hermana, él alargó la mano y lo atrapó en el aire.
—¿Quién anda ahí? —gritaron las Grayas, tanteando a ciegas—. ¡Devuélvenos el ojo!
—Se lo devolveré —dijo Perseo— cuando me digan cómo llegar hasta las ninfas.
No les quedó más remedio que decírselo. Perseo les devolvió el ojo y siguió su camino.
Las ninfas lo recibieron con amabilidad y le prestaron tres tesoros: unas sandalias con alas para volar, un zurrón mágico y el casco de Hades, el dios del mundo subterráneo, que volvía invisible a quien se lo ponía.
Con las sandalias aladas, Perseo voló hasta el extremo del mundo. Por el camino vio cosas que le pusieron la piel de gallina: figuras de piedra de hombres y de animales, quietas en mitad del campo, con cara de susto. Eran los que habían mirado a Medusa.
Encontró a las Gorgonas dormidas. Perseo no las miró ni una sola vez. Llevaba un escudo de bronce tan pulido que brillaba como un espejo, y se acercó con la cara vuelta hacia otro lado, guiándose por el reflejo. Atenea le guiaba la mano. En el escudo vio a Medusa, con las serpientes dormidas sobre la cabeza. Sin mirarla de frente, la venció de un solo golpe de hoz y, todavía sin mirarla, guardó su cabeza en el zurrón. Dicen que en ese mismo instante nació Pegaso, un caballo con alas, que salió volando hacia el cielo.
Las otras dos Gorgonas se despertaron y salieron detrás de él. Pero no pudieron encontrarlo: Perseo se había puesto el casco de Hades y era invisible.
De regreso, volando sobre la costa de Etiopía, Perseo vio algo que lo hizo bajar: una muchacha atada a una roca, junto al mar. Se llamaba Andrómeda. Su madre, la reina Casiopea, había presumido de ser más bella que las ninfas del mar, y el dios Poseidón, ofendido, había enviado un monstruo marino que arrasaba la costa. Un oráculo había dicho que el monstruo solo se iría si le entregaban a la princesa.
El monstruo ya asomaba entre las olas. Perseo bajó junto a los padres de Andrómeda, que lloraban en la orilla.
—Si la salvo —les dijo—, ¿me dejarán casarme con ella?
Los reyes aceptaron enseguida. Perseo se lanzó contra el monstruo, lo esquivó una y otra vez y, al final, lo venció con su hoz. Después soltó las cadenas de Andrómeda.
Para lavarse las manos en el mar, Perseo dejó la cabeza de Medusa sobre un montón de algas y ramitas, para que la arena no la estropeara. Y entonces pasó algo asombroso: las algas, que eran blandas, se endurecieron y se volvieron de piedra. Las ninfas del mar, divertidas, trajeron más ramitas para verlo otra vez, y todas se convirtieron en piedra. Así explicaban los antiguos el origen del coral, que ellos creían una planta blanda bajo el agua que se endurecía al salir al aire.
Cuando Perseo volvió a Sérifos con Andrómeda, Polidectes estaba celebrando otro banquete con sus amigos.
—¿Y la cabeza de Medusa? —le preguntó el rey, burlón.
—Aquí la tienes —dijo Perseo.
Volvió la cara, sacó la cabeza del zurrón y la levantó. Polidectes y sus invitados se quedaron de piedra. Pero de piedra de verdad.
Perseo nombró rey de la isla al buen Dictis. Devolvió a Hermes las sandalias, el zurrón y el casco, y le regaló la cabeza de Medusa a Atenea, que la colocó en el centro de su escudo. Y en el cielo de la noche hay constelaciones que llevan los nombres de esta historia: Perseo, Andrómeda, Casiopea, Cefeo, que era el padre de Andrómeda, y también Pegaso, el caballo alado.
Después de leer
1. ¿Qué tesoros le prestaron las ninfas a Perseo y para qué servía cada uno?
Respuesta orientativa
Unas sandalias con alas para volar, un zurrón mágico para guardar la cabeza de Medusa y el casco de Hades, que lo volvía invisible.
2. ¿Cómo consiguió Perseo que las Grayas le indicaran el camino?
Respuesta orientativa
Les quitó el único ojo que compartían cuando se lo pasaban de una a otra y no se lo devolvió hasta que le dijeron cómo llegar hasta las ninfas.
3. ¿Por qué Perseo usó el escudo como si fuera un espejo?
Respuesta orientativa
Porque quien miraba a Medusa a la cara se convertía en piedra. Mirando su reflejo podía verla sin correr peligro.
4. ¿Por qué aceptó Polidectes la promesa de Perseo tan contento?
Respuesta orientativa
Porque quería librarse de él para casarse con Dánae y estaba seguro de que Perseo moriría en el intento y no volvería.
5. Perseo no lo consiguió solo. ¿Quiénes lo ayudaron? ¿Crees que un héroe es menos héroe si recibe ayuda?
Respuesta orientativa
Respuesta abierta. Valora que nombre a Dictis, Hermes, Atenea, las ninfas y, a la fuerza, las Grayas, y que razone si pedir y aceptar ayuda resta o suma valor.
Palabras para aprender
- a la deriva
- Llevado por las olas o el viento, sin rumbo y sin que nadie lo dirija.
- oráculo
- Respuesta que, según los antiguos, daban los dioses a través de un sacerdote o una sacerdotisa sobre el futuro.
- hoz
- Herramienta con una hoja curva y afilada que se usa para segar.
- zurrón
- Bolsa grande de cuero que llevaban los pastores y los caminantes.
- coral
- Animal marino muy pequeño que vive en grupo y forma un esqueleto duro, a veces rojo, parecido a una rama.
- constelación
- Grupo de estrellas al que se le da un nombre porque parece formar una figura en el cielo.
Ideas para el aula
- Busca en un mapa del cielo o en un programa de astronomía las constelaciones de Perseo, Andrómeda, Casiopea, Cefeo y Pegaso, y dibuja cómo están colocadas.
- Haz una tabla con los objetos de Perseo (sandalias, zurrón, casco, hoz y escudo) y escribe para qué le sirvió cada uno.
- Convierte la escena de las Grayas en una pequeña obra de teatro y represéntala con tus compañeros.